Esta tarde, durante mi jornada de entrenamiento en el gimnasio, he vivido un momento algo más que incómodo.
Durante el entrenamiento, un hombre de unos cincuenta años, se ha caído desmallado mientras andaba en la cinta. En principio y, ante el susto inicial, parecía tan solo un desmayo de una bajada de tensión. Por desgracia y, tras avisar a los monitores, el hombre que estaba en el suelo no respiraba y tenía un pulso muy débil.
Mientras uno de los monitores llamaba a la ambulancia uno de los compañeros de gimnasio, que es enfermero, rápidamente se ha puesto a atender al hombre.
A los diez minutos el equipo médico ya había llegado; el resto, tan solo podíamos mirar mientras el personal de la ambulancia actuaba. Pasaban los minutos y veíamos como ponían una vía, inyecciones, masajes cardíacos, respiración forzada... Un segundo equipo médico llegaba y poco a poco veíamos como el semblante del personal médico se tornaba en resignación.
Después de 40 minutos, el personal dio como terminada su actuación, certificando la muerte del hombre que yacía junto a la cinta, que había pisado por primera vez hacía menos de una hora, ya que era su primer día en el gimnasio.
En ese momento, hubo una sensación compartida, silencio incómodo, miradas perdidas...
De camino al vestuario me crucé con una monitora envuelta en lágrimas, con la mujer e hija del fallecido... Y una sensación aún más profunda de impotencia y tristeza se cernía sobre mí.
En el vestuario, solo se cruzaban miradas de tristeza e impotencia de gente que casi no se conoce, pero que buscaban unas a las otras, como intentando encontrar consuelo en el dolor compartido de alguien al que no conoces. Es curioso lo que causa la empatía entre extraños ante un hecho así.
En esta entrada sólo pretendía exponer lo ocurrido y mis sensaciones ante tal hecho, para desahogarme y sentirme, de alguna forma, liberado de la tragedia vivida.
Siempre he pensado que el trabajo de todas las personas que se dedican a la medicina, tiene muchísimo mérito, pero ver de cerca a lo que se tienen que enfrentar día a día y, que por desgracia, no siempre tiene un "final feliz", como a ocurrido hoy. Me hace valorar aún más el aplomo y valentía de estos profesionales.
Por ello, si alguno de los que leéis esto, sois uno de esos valientes, ¡Gracias!














































































































































